EN LA ESPIRAL


Vicente González García
“EL HOMBRE VIRTUOSO ES EL QUE PRACTICA LIBREMENTE EL BIEN”
Hablar sobre los valores primeros de la familia cristiana, es entrar a un universo muy amplio, tan amplio como la vida de la persona humana.
Desde su concepción, nacimiento, y desarrollo, el hombre, es poseedor de derechos intransferibles, y una gran diversidad de responsabilidades que debe atender como parte de una familia y una sociedad a la que pertenece.
Los valores humanos en su esencia, son punto de partida para formar personas conscientes, unidas en comunidad entrañable para fomentar una desarrollo humano que implica actividades que ayudan a despertar la conciencia del hombre en todas sus dimensiones y a valerse por sí mismo para ser actor de su propio desarrollo humano y cristiano.
Los valores son pues, bienes especiales e íntegros a que el hombre anhela, toda vez que estos lo optimizan como tal.
Para ello, Dios le otorgó las virtudes necesarias para que con estas, se forje su propio carácter y le suministren la soltura necesaria para practicar el bien.
La virtud, como lo ilustra el Catecismo de la Iglesia Católica, “es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas”. (CCI. 1803).
Igualmente, en el párrafo 1804, este precioso documento nos explica que: “Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón de la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena”. Y, agrega: “El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien”.
En este mismo apartado, también, nos dice que: “Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino”.
Por tanto, las personas consideradas virtuosas son aquellas que practican los valores en la vida diaria, tanto en lo individual como en el seno de familiar principalmente, toda vez que, la familia es el lugar más provechoso para la educación en las virtudes.
Por consiguiente, es de suma importancia anotar que, todas las familias requieren de la generosidad, de un sano juicio, del dominio de sí, y gozar de todas las condiciones de libertad verdadera.
En consecuencia, los progenitores, hemos de enseñar a los renuevos a disciplinarse en las capacidades materiales e involuntarias, tocante a las exteriores y las espirituales.
Por ello, es de capital importancia que los padres de familia instruyamos y demos buenos ejemplos a los hijos. También, es imprescindible que los hijos estén enterados que los progenitores no estamos exentos de defectos.

Muchos padres de familia, generalmente no aceptamos para nada el hecho de que los hijos se enteren de las muchas fallas que tenemos. Sin embargo, es de gran mérito que como progenitores reconozcamos y aceptemos que como seres humanos poseemos virtudes y defectos. Una actitud honesta y responsable ante esta realidad, proporciona una herramienta probada que como padres nos hace más aptos para guiar y corregir a los hijos.
Así es que, por difícil que parezca, si como familia, sociedad y comunidad, deseamos que se intensifique ese signo de esperanza que mejore la lacerante realidad que tenemos frente a nosotros, que no es otra cosa sino, “la cultura de la muerte” reflejada a través de los más diversos actos de violencia, debemos dar ese primer paso y EMPEZAR A TRABAJAR EN EL CORAZÓN DE LA SOCIEDAD. Es decir, en nuestras respectivas familias, para formar y educar personas en los valores humanos y cristianos.
De no atender estas necesidades fundamentales para la vida de la persona humana y la sociedad en su conjunto, seguramente que irá en mayor aumento la proliferación de todo tipo de vicios que siguen consumiendo y destrozando a las familias y consecuentemente a las comunidades.
Los vicios, que también son considerados ANTIVALORES, tienen su origen en los SIETE PECADOS CAPITALES.
“Los vicios, —nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, en el párrafo 1866—, pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano y a san Gregorio Magno. Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza”. (CCI 1866).
“El pecado, afirma el documento citado, es un acto personal. Pero nosotros tenemos la responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:
—Participando directa y voluntariamente;
—ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
—no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene la obligación de hacerlo;
—protegiendo a los que hacen mal. (CCI 1868).
….Hasta la próxima, si Dios, nos lo permite……

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