Ebrard y el destino político

José Buendía Hegewisch

El próximo 3 de noviembre podría completarse la baraja de candidatos presidenciales con el anuncio del destino político de Marcelo Ebrard, aunque será de un color distinto al que deseaba. En la carrera de 2024, de la que nunca ha querido bajarse, política y destino parecen conjugarse para abrazar la idea de la oposición a la que largamente se ha resistido.

La fecha en que dará a conocer sus planes de futuro importa, porque ese día se abrirá el registro de aspirantes presidenciales de Movimiento Ciudadano, que ha ocupado el lugar de tercero en discordia en su tortuosa separación con la 4T. Mucho antes de confrontarse con Morena por la candidatura, la opción de emparejarse con el partido naranja le sirvió para buscar negociar con la disidencia; una táctica que recuerda la que siguió su mentor Manuel Camacho Solís en la elección de 1994, que a ninguno funcionaría como en vidas paralelas.

Seguramente a Ebrard ni al sempiterno dirigente de MC, Dante Delgado, les acaban de convencer las jugarretas del destino, pero en política hacer de la necesidad virtud es sacar utilidad al sino de las circunstancias. A ambos les conviene viajar juntos para adecuarse a ella, si no tienen a la vista una mejor opción de pareja para enlazarse en la elección. Su unión no sería aplaudida por el frente opositor ni los morenistas, aunque también puedan convenir su presencia en la contienda.

El proceso sucesorio fue cerrándole el camino a 2024, entre retrasos en las decisiones, posturas equívocas y errores de cálculo. Desde el anticipadísimo destape presidencial de 2021 sabía que no era el preferido de Palacio Nacional, aunque luego creyera poder ganar una encuesta en la que siempre estuvo abajo en la nominación. Su impugnación de la interna parecía preparar la salida entre el amago de atrincherarse en una corriente interna y buscar una candidatura independiente, pero guardando distancia con la oposición. El destino lo alcanza. Ahora sería difícil regresar al acuerdo del liderazgo del Senado que hizo López Obrador al derrotado para resolver su sucesión sin rupturas, aunque Morena no haya dado portazo, incluso ante una rebelión de diputados “marcelistas” en el Congreso.

Morena ha tratado de sofocar el “efecto Ebrard” para evitar que se vuelva una incitación al conflicto interno en las candidaturas estatales y municipales, guerra sucia entre aspirantes y alineamiento de grupos en deserciones o rupturas. Aunque podría beneficiarle verlo en la boleta con MC para dividir el voto opositor y empujar como revulsivo para buscar retener el voto de clases medias y decepcionados de la 4T.

Los amores y desamores políticos afectan su destino y el de la elección. El emparejamiento para MC abriría perspectivas a la meta de superar el 10% de la votación porque una candidatura atractiva es imprescindible para su estrategia “solitaria” y la cohesión interna. Su estrategia de tercera vía “disruptiva” frente a la polarización y una crítica a la vieja clase política puede desfondarse sin un aspirante fuerte, aunque Ebrard difícilmente puede encarnar la crítica a los políticos tradicionales. 

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Si algo liga a Ebrard y a MC hoy es que ninguno tiene mejor alternativa que ser compañeros de viaje en 2024. Uno porque es el último barco por zarpar para estar en la boleta, y ahora ya sin viaje de vuelta a Morena. Y al otro porque es la mejor opción para llevar a su nave de la “tercera vía” a puerto seguro el próximo sexenio. La política y el destino parece rejuntarlos, aunque sea en una unión coyuntural orillada por las circunstancias.

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